Noches de esas

Acaba de leerme el cuerpo en un segundo. Sus dedos me recorren las caderas, esas que se dejan ver entre mi ropa. Me mira y me sonríe pero no me dice nada, sólo me come con la mirada. Calo a calo me descifra entera, disfruta cada vez y cuando expira, me aprieta contra él. Nos provoca placer. Le gusta mi aroma, o eso es lo que me parece cuando pierde la nariz entre mi cuello, es la misma sensación de complacencia que la de la droga. O mejor, que el éxtasis.

 
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Me encanta cuando se pone así. Esta todo desastrado con esa camiseta blanca, su pelo despeinado, un manchurrón enorme en la alfombra que compro en Pakistán, y sin embargo se ha tomado la molestia de encender unas velas, de abrir la ventana, y así dejar entrar la brisa de atardecer que viene de la calle. Enfrente está esa casita que tanto me gusta, donde a veces se deja ver un jilguero en busca de compañía. También le gusta mi pelo, me acaricia las greñas que me dejo a la altura de las orejas, y luego me suelta el pelo para verlo caer sobre mi piel color miel. Esta es la parte que más le gusta, le encanta que me apoye en el y roce su tatuaje, le agrada que le ponga mirada de capricho y empeño, y entonces le pido que me haga suya.

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